Más allá de los tópicos, Irlanda es un lugar sorprendente por su mezcla de tradición y futuro«Ha sido una noche encantadora, Frank. ¿Verdad que éste es un gran país?». «Lo es». Frank McCourt acaba así su novela, «Las cenizas de Ángela», una autobiografía que relata su estremecedora peripecia infantil en una Irlanda asfixiada por la miseria y la intransigencia, donde hay que sentirse afortunado por poder lamer un papel de periódico grasiento que ha servido para envolver pescado frito, o por compartir un retrete con varias decenas de personas, o por burlar la tisis un día más. El gran país al que se refieren esas últimas líneas del libro es Estados Unidos, adonde Frank escapó en busca de una vida mejor. «En todas partes hay gente que presume y que se lamenta de las penalidades de sus primeros años, pero nada puede compararse con la versión irlandesa: la pobreza; el padre, vago, locuaz y alcohólico; la madre, piadosa y derrotada, que gime junto al fuego; los sacerdotes, pomposos; los maestros de escuela, despóticos; los ingleses y las cosas tan terribles que nos hicieron durante ochocientos largos años. Sobre todo... estábamos mojados».En la Irlanda del siglo XXI uno se sigue mojando, faltaría más. Se moja en Limerick, en la patria chica de Frank McCourt. Se moja en las callejas adoquinadas de Temple Bar, en Dublín; en las interminables praderas salpicadas de flores donde los castillos, las mansiones y las casonas de campo no son más que gotas de lluvia; en el filo de los vertiginosos acantilados y en los recintos monásticos donde el tiempo se sentó un buen día a esperar Dios sabe qué. Pero, irremediablemente, el sol termina por hacer jirones las nubes. Después del callejeo, la sonrisa del viandante se ilumina al entrar en un pub dublinés, promesa de amigables charlas al abrigo de una bebida oscura, espumosa y con sabor a cebada tostada. El verde de los jardines se vuelve brillante, haciendo bueno el tópico, qué remedio, de una isla esmeralda. Los murallones de Moher (ocho kilómetros de longitud) y Slieve League (598 metros de altura, récord europeo) se muestran en toda su plenitud, y parecen gritarle al océano: «No puedes pasar». Las torres cilíndricas y las grandes cruces celtas cogen foco, presumiendo de tantas centurias de vigilancia.«Han traído ustedes el sol». Marie regenta un «bed & breakfast» en Lismore. Es una acogedora casa con las paredes decoradas de mariposas de cerámica y rodeada de pura naturaleza. Marie y su marido decidieron abrir este establecimiento recientemente, y con la campaña de verano tienen para vivir sin agobios. Lismore, al sur del país, ni siquiera está en las rutas «ortodoxas» para los turistas, pero tiene una fortaleza imponente junto a un río donde los paisanos pescan y se emborrachan de paz. Lugares como éste los hay a puñados. Naturalmente, están las atracciones imprescindibles, como Killarney y su entorno, pero Irlanda invita a la exploración improvisada. Hay tantos «B&B» y en rincones tan llenos de encanto que es fácil repetir la socorrida frase de «me perdería aquí una buena temporada».La tentación aguarda al doblar cada recodo costero de los condados de Cork y Kerry. Cinco penínsulas que, como dedos de una mano, se entrelazan con las espumas del mar. Uno empieza en Kinsale, con sus fachadas de colores vivos que esconden librerías y tiendas de artesanía, y quiere quedarse. Uno llega a Mizen Head, donde los alcatraces arbitran el pulso entre el acantilado y las olas, y pierde toda prisa. La tierra alfombrada se muda en farallones rocosos o en playas de fina arena en las penínsulas de Sheep's Head y Beara. Más arriba, el «Ring of Kerry» atraviesa alguno de los escenarios más bellos del país. Si desea zambullirse en los ritmos ancestrales, dé una vuelta más de tuerca y visite las islas Skellig, con sus fortificaciones y monasterios perdidos en la noche de los tiempos, o Dingle, el «dedo meñique» de esa mano imaginaria, tal vez la zona más apegada a las tradiciones gaélicas.La mezcla entre tradición y modernidad barniza la isla, y es sin duda uno de los factores que han contribuido más poderosamente a la «reconciliación» de los irlandeses, a la superación de los fantasmas del pasado. Tanto en la República de Irlanda como en Irlanda del Norte las gentes celebran su herencia cultural. Hablan de los hados —criaturas que viven en un mundo paralelo al nuestro—; de héroes mitológicos como Cuchulain, un imbatible guerrero de la provincia del Ulster, o del gigante Finn MacCool, que construyó una calzada para abrirse camino a través del mar y llegar hasta su amada, que vivía en una isla de Escocia. La música de los bardos, melodías que parecen tarareadas por el mar, las montañas y el viento, han llegado a nuestros días e inspirado a grandes artistas irlandeses, como U2, Enya, The Corrs, The Cranberries, The Dubliners, The Chieftains, Pogues... La lista es casi tan interminable como la de sus genios literarios: Oscar Wilde, Samuel Beckett. W. B. Yeats, Jonathan Swift, James Joyce...El autobús turístico llega al destartalado muelle de Belfast donde se construyó el «Titanic». Cuesta imaginar que el fastuoso barco —cuya leyenda sí ha demostrado ser insumergible— ocupó un día este espacio vacío. Después, recorre los barrios del oeste donde viven las dos comunidades obreras rivales: la protestante de Shankill Road y la católica de Falls Road. Las pintadas y alambradas hablan de un periodo convulso que la ciudad, con la mirada clavada en el futuro, quiere superar. Belfast se despereza y abandona poco a poco el blanco y negro. Verde, húmeda, joven, amistosa, vitalista, musical, ecológica, tradicional, moderna... La isla del trébol y el arpa terminó emigrando de sí misma llevándose un equipaje que sorprende a los viajeros, que se sienten como en casa aunque la decoración sea muy distinta. Éste es un gran país. Frank McCourt, que cuando recuerda su infancia se pregunta cómo pudo sobrevivir siquiera, sin duda estaría de acuerdo con que Irlanda, hoy, «lo es».(Publicado en ABC el 23-10-2004)
Hoteles con fantasmas, castillos encantados, misteriosos círculos de piedras, leyendas artúricas, brujería... Les proponemos un viaje nada convencional por la Inglaterra mágica que se esconde en la campiña y en la costa de Wessex, Devon y Cornualles, en el esquinazo oeste del país. La cara tenebrosa del verde y amable mosaico rural inglés«¿No huelen ustedes a viejo?». Margaret, una de las camareras de «The Old Bell», que presume de ser el hotel más antiguo de Inglaterra (ya tuvo huéspedes en el siglo XIII), ha abierto la puerta de la habitación «James Ody», pero no ha cruzado el umbral. «Pasen, pasen, miren lo que quieran, hagan fotos... yo me quedo aquí. Ya he tenido bastante por hoy». A Margaret le ha tocado limpiar por la mañana la estancia donde, hace unos años, apareció el cuerpo emparedado de una mujer, la Dama Gris, cuyo espíritu —dicen— nunca ha abandonado el lugar. «Nadie sabe quién es. Yo no la he visto nunca, pero sí he sentido su presencia. Y frío. Un frío aterrador. Y ese olor a viejo, incluso cuando se ventila». Cuatro paredes echándose el aliento, un techo abuhardillado, muebles vetustos, la clásica moqueta de los hoteles ingleses, poca luz... Lo único que no encaja en el decorado es el televisor, pero un fantasma no desentonaría. «A los huéspedes no les decimos nada para no asustarlos. Pero hay gente que conoce la historia y pide esta habitación ex profeso, porque da muchísimo morbo». La camarera afirma que en una ocasión los muebles se movieron y bloquearon la puerta. En la planta baja del establecimiento, al final de un corredor, hay un gran espejo que, según los empleados, a veces no devuelve la imagen de la persona que se mira en él, sino la de la Dama Gris. Suele ocurrir a media noche.
«The Old Bell», en Malmesbury, está pegado a las ruinas de una abadía que también tiene su miga, pues cuentan que es el hogar del «monje volador», el fantasma de un intrépido religioso que se lanzó desde una de las torres del edificio montado en una rudimentaria ala delta que no le ahorró un aterrizaje dramático. La abadía dispone de un camposanto al uso, con finas y largas lápidas cubiertas de líquenes y clavadas en un césped impecable. En la esquina sureste está la tumba de Hanna Twynnoy, que murió en 1703 a la edad de 33 años. «La fiereza de un tigre le quitó la vida, y ahora yace aquí, en este lecho de caliza», reza su epitafio. ¿Tigres en la comarca de Wiltshire, en plena campiña inglesa? La explicación es sencilla: el animal pertenecía a un circo ambulante y atacó a Hanna en el pub White Lion (donde lógicamente iría un felino fugado). Los bellos jardines que rodean la abadía y el hotel invitan a un paseo nocturno de pura taquicardia.Damas grises y monjes lideran el ranking fantasmagórico del suroeste de Inglaterra, pero hay niños, jueces y ahorcados a los que les quedaron asuntos pendientes tras exhalar su último aliento. Como William. «Mírenlo, está ahí sentado». Al señor Baker cuesta trabajo entenderle, porque las palabras se deslizan con dificultad por el irregular almenado de su boca. Señala con el dedo una silla vacía junto a la chimenea. «¿De verdad que lo está viendo?». «¡Claro!» —exclama sorprendido, como si descubrir un espectro tomando unas pintas fuera la cosa más normal del mundo—. «¿Ustedes no?». William es una de las atracciones de «The Chough Hotel», en Chard, un pub que ocupa un edificio de 1644 cargado de recuerdos materiales y espirituales. Uno de los más conspicuos es la lápida de la tumba de un tipo llamado Winifred que forma parte de la albañilería de la chimenea. Cómo llegó hasta allí, es un misterio, aunque la leyenda asociada dice que nadie ha podido sacar una fotografía con flash de la piedra en cuestión. Pero la joya del «Chough» es una pandilla de fantasmas infantiles. «Sí, mis hijas juegan con ellos en su habitación», dice Jason, el propietario del local e hijo del desdentado señor Baker. Dos rubitas con la pinta de la protagonista de «Poltergeist» asienten con la cabeza antes de iniciar un rally con triciclo entre las mesas del pub. «Son quince o veinte niños, aunque desconocemos su identidad. Estamos investigando. El 17 de mayo de 2003 vino un grupo de dieciséis parapsicólogos y pasó la noche en la casa. Aquí tiene sus conclusiones». El informe, de seis folios, recoge la sobrecogedora experiencia de estos expertos en las diferentes estancias del «Chough». Por ejemplo, una tal Heidi Graham cuenta que vio el fantasma de un anciano, con larga melena rubia, junto a la chimenea. El famoso William. Además de su nombre, la aparición le reveló su edad, 68 años, y su historia: era un salteador de caminos que acabó expiando sus culpas colgado de un roble. Un colega de Heidi, Chris Carter (así se llama, curiosamente, el creador de la mítica serie de televisión «Expediente X». ¿Será el mismo Carter?) recogió en su termómetro diferencias de temperatura de hasta cinco grados centígrados en zonas del bar separadas por muy pocos metros. Aquí hay colillas, aquí han fumado, debió pensar. O lo que es lo mismo: súbitas corrientes frías equivalen a presencias de ultratumba. El dormitorio de las niñas, situado en el primer piso, resultó ser una mina. Los parapsicólogos notaron tocamientos en manos y cabello y escucharon los llantos de tres pequeñas llamadas Nancy, Polly y Mary. Lloraban porque querían jugar al escondite con las hijas de Jason. Un miembro del equipo, Lainie Smythe, contactó en otra habitación con Elizabeth, que murió en 1845, a los 15 años de edad. Cuando ella vivía aquí, el edificio era un burdel, y su madre hacía las funciones de madama. Sus cuatro hermanas ejercían la prostitución, y como ella no quería seguir ese camino se suicidó ingiriendo veneno. Elizabeth, bastante parlanchina para las costumbres fantasmales, dio bastantes pistas a los investigadores sobre los otros inquilinos que han convertido el «Chough» en uno de los lugares más aterradores de Inglaterra.«¿Miedo? Nooo... Estamos convencidos de que estos espíritus nos protegen», comenta Jason. «Y son buenos para el negocio». Es temprano —apenas las diez de la mañana— y ya hay clientes en el pub. Tres jóvenes se sientan alrededor de la mesa de William, el ahorcado, dejando libre la silla del fantasma. «Es nuestro sitio favorito —dicen—; y solemos invitar a William a una cerveza para que no se mosquee ». ¿Podrá hacerla pasar sin dolor por su gaznate roto?
Los pubs encantados abundan. En Avebury, por ejemplo, un lugar conocido por su círculo de piedras, hay un establecimiento, el «Red Lion», donde deambula el espíritu de Flori, que fue arrojada a un pozo por su marido cuando, al regresar de la guerra civil inglesa, la encontró retozando en la cama con un vecino. Algunos camareros y clientes aseguran haber visto el fantasma de la muchacha adúltera, que frecuenta el lavabo de señoras y suele mostrarse más espeluznante que amistosa.«Aquí está la llave. Habitación 5». La recepcionista del «White Hart Hotel», en Exeter, se encoge de hombros y sonríe. La «número 5» está en el ala antigua y más aislada del edificio, en mitad de un estrecho pasillo. Su aspecto es poco espectacular: estrecha e incómoda, con una cama, una repisa con la intendencia habitual —un calentador de agua, paquetes de galletas, sobrecitos con café, té, cacao y azúcar—, una tabla para planchar plegada en la pared y una butaca. La cama mira hacia la ventana y el cuarto de baño, que es donde está el meollo del asunto. En ese rincón espera cada noche el espíritu de un juez que vivió en estas dependencias. Al parecer, el fantasma de su amante, que ha sido visto repetidas veces en el jardín exterior, termina colándose en la estancia. El resto de la historia queda en la memoria de algún huésped que, sintiendo un inexplicable erizamiento del vello en mitad de la noche, abre los ojos y se encuentra con el percal.Ver para creer. O creer para ver. «Sí, a veces es cuestión de fe», dice Alan, el guía de los «Ghost Walks» de Bath, una ciudad famosa por sus baños romanos y su arquitectura georgiana. Y por sus espíritus. Este circuito organizado —fórmula que es posible encontrar en otras ciudades inglesas— recorre calles, jardines y edificios que cargan con una historia tétrica. Por ejemplo, el «Garrick's Head», un pub que sirve de punto de encuentro para iniciar la ruta y donde los sucesos paranormales forman parte del menú diario. En los alrededores del pub y del Theatre Royal se citan cada noche los fantasmas de una mujer adúltera y de su amante, que vivían en Bath en el siglo XVIII. El tipo fue despachado por el irritado marido y ella se suicidó. El número 1 de Royal Crescent, una suntuosa residencia palladiana de 1770, es el hogar del espíritu de una joven que canta y sonríe a quien se topa con ella, testigo que normalmente no le da ni las buenas tardes. Y en Assembly Rooms, donde la rica burguesía que veraneaba en Bath en el siglo XVIII se reunía para jugar a las cartas, bailar y escuchar música, hace sus apariciones estelares el Hombre del Sombrero Negro, uno de los fantasmas más populares y vistos... por los que tienen fe.¿Y qué hay de los castillos, las piedras por las que las almas en pena sienten predilección? En estas comarcas inglesas no podían faltar las fortalezas encantadas, como las de Devizes, Okehampton, Totnes y Sherborne. Este último pueblo cuenta, además, con una preciosa iglesia monástica. Al este se alzan las ruinas del castillo antiguo, cuya construcción se remonta a 1107. A finales del siglo XVI, sir Walter Raleigh se encaprichó del inmueble y lo adquirió con la ayuda de la mismísima Isabel I. Más tarde, el noble se casó con una de las damas de honor de la soberana, sin permiso de ésta, y la jugada le costó pasar una temporada a la sombra en la Torre de Londres. Después de invertir grandes cantidades de dinero en restaurar su propiedad, decidió construir una segunda fortificación, pero apenas pudo disfrutarla, pues fue devuelto de nuevo a prisión, esta vez por orden del rey Jaime I. Ambos fortines pasaron entonces al conde de Bristol. El antiguo fue destruido por Cromwell en 1645, después de un asedio de 16 días. Con tantos disgustos en vida y en muerte con estos castillos, parece lógico que el espíritu de sir Walter no haya abandonado el lugar, y que deambule entre las ruinas y el edificio que queda en pie, separados por verdes praderas y un lago de ensueño.Caballeros medievales, doncellas, druidas, viajeros «new age» y místicos de todo pelaje y condición se dan cita en Stonehenge, el círculo de piedras que empezó a ser construido hace 5.000 años, para celebrar el solsticio de verano, una cita que exaspera a los arqueólogos y encanta a los vendedores de disfraces y cultivadores de marihuana. A principios de los 90, la prohibición policial de este tipo de reuniones desembocó en una batalla campal que fue calificada de «vergüenza nacional» por la Cámara de los Comunes. Así que después de la tormenta el sarao sigue en pie, lo mismo que los prehistóricos menhires, aunque el English Heritage ha impuesto unas condiciones: no se puede escalar a las piedras, pues se dañarían los delicados líquenes que las cubren, y no están permitidos los sacos de dormir, las mascotas, las cantidades industriales de alcohol y los «loros» para escuchar a Bob Marley y asimilados. Estas condiciones se incumplen a rajatabla.
Lo cierto es que a muchos de los presentes en este multitudinario guateque les da igual que el sol salga por Antequera o se filtre por los arcos de tan venerables piedras, pues el amanecer los sorprende bastante fumados y bebidos, o agotados después de tocar los tambores toda la noche y bailar haciendo juegos malabares con unos luchacos de última generación. Pero sí hay personas que dicen sentir «algo especial» con la llegada del nuevo día, como si el nacimiento del verano les cargara las pilas espirituales, y la borrasca acude a sus ojos, y juntan las manos y se ponen al rezar.
El lugar impone, a pesar de las aglomeraciones, y tiene todos los elementos para la investigación científica, la especulación folclórica y la meditación trascendental. La construcción, que se realizó en varias etapas durante un periodo de 1.500 años, comenzó hacia 3000 a. C. con el terraplén y el foso circulares que se hallan en la zona exterior. Mil años después se intaló en el interior un anillo de losas de granito, conocidas como «piedras azules» por su color original. Proceden de las montañas Preseli, en Gales (¡a casi 400 kilómetros de Stonehenge!). Cómo se las apañaron los hombres primitivos para transportar estas «bluestones» de cuatro toneladas hasta aquí, es una incógnita.
En torno a 1500 a. C., los megalitos que le dan su irresistible personalidad al monumento fueron dispuestos en círculo para formar dólmenes de sarsen (un tipo de arenisca). Se extrajeron de una roca extremadamente dura que se encuentra en Marlborough Downs, a 30 kilómetros de aquí, y se calcula que para traer cada una de estas piedras, de 50 toneladas de peso, fue necesaria la participación de 600 obreros. Las «bluestones» fueron redistribuídas hasta formar un arco de herradura, en cuyo interior se situó un «altar». Alrededor se configuró una segunda herradura formada por cinco dólmenes de sarsen. Posteriormente, rodeando los arcos, se levantó un círculo de 30 gigantescos menhires, de los que se conservan 17 en posición vertical y 6 en horizontal. Stonehenge significa, en inglés antiguo, «piedras colgantes». Fue erigido en la noche de los tiempos y ha sobrevivido a muchos solsticios y muchos pillajes (antaño, los turistas alquilaban martillos al herrero de Amesbury para golpear los megalitos y llevarse trozos como souvenirs). ¿Qué es Stonehenge? ¿Un observatorio astronómico? ¿Un símbolo de poder? La última teoría, publicada por el doctor Anthony Perkins en la revista de la Real Sociedad Médica Británica, afirma que el conjunto es una representación simbólica de los órganos sexuales femeninos, algo que ha sido tomado con razonable escepticismo por los especialistas, resignados ya a que el yacimiento, como reza el folleto que dan en la entrada, sea «un misterio para siempre».
En la Inglaterra mágica no hay que pasar por alto Avebury —un complejo prehistórico menos visitado y, al menos, tan impresionante como Stonehenge—. Muy cerca se yergue la colina de Silbury, una montaña artificial del tamaño de la menor de las pirámides egipcias; su construcción tuvo lugar en 2500 a. C., y poco más se sabe. El Tor de Glastonbury («tor» es una palabra celta que define un monte de forma triangular) es frecuentado por hippies con ataques de misticismo. Las vistas de la campiña de Somerset merecen la ascensión a esta tachuela de 160 metros de altura. Belleza palpable en la tierra de los espíritus.(Publicado en ABC el 19-7-2003)
Las apariencias engañan. Así que, siguiendo al pie de la letra un consejo de la propia Jane Goodall, lo mejor es dejarse guiar por los datos empíricos de la realidad, un ejercicio paciente que nos obliga a quitar las capas superficiales para descubrir lo que somos, no lo que creemos que somos. Miren la foto: parece una de esas adorables abuelitas que regentan un «bed & breakfast» en la campiña inglesa, que te arreglan el cuerpo de buena mañana con huevos fritos, salchichas, beicon, tostadas y mermelada casera. Pues la realidad es muy distinta. La de la imagen es una niña de 69 años que nunca deshizo el equipaje de curiosidad y pasión que nos hacemos en la infancia. Con voz dulce le gusta contar una anécdota que le sucedió cuando tenía cuatro años: «Ayudaba en una granja familiar a recoger los huevos que ponían las gallinas. No entendía de dónde salían esos huevos, y las respuestas de los adultos no me parecían convincentes, así que me escondí durante cuatro horas en una caja, en el gallinero, para observar. Cuando volví a casa mis padres estaban al borde del infarto, incluso habían llamado a la policía. Pero mi madre vio el brillo en mis ojos y escuchó emocionada lo que había descubierto».
Su madre, Vanne, fue un apoyo fundamental en los difíciles comienzos, la única que no se burló cuando Jane anunció su aventura africana, allá por 1960. Louis Leaky, el famoso paleontólogo, intuyó que las mujeres serían mejores observadoras, más pacientes y persistentes que los hombres, y con una gran capacidad para mediar en los conflictos familiares (virtud muy útil cuando se trabaja con animales de fuertes costumbres sociales); por eso escogió a Dian Fossey para lidiar con los gorilas de montaña y a Jane Goodall para hacer lo propio con los chimpancés. El estudio más largo sobre primates realizado hasta entonces, a cargo de George Schaller, necesitaba una revisión. Así que nuestra protagonista hizo el petate y viajó al Parque Nacional de Gombe (Tanzania) con poco presupuesto y menos experiencia, pensando que en un año estaría todo el pescado vendido, para bien o para mal. Y pasaron cuatro décadas. Gombe se convirtió no sólo en un campo de pruebas para el conocimiento de los parientes más cercanos del hombre, sino en un refugio espiritual. «Salgo sola a la selva y una paz interior se apodera de mí», confiesa Jane. «Me preocupa que las nuevas generaciones piensen que pueden prescindir de la naturaleza, la necesitamos para mantener la mente sana. No sólo la estamos cubriendo con cemento, sino que los niños la sustituyen por la realidad virtual».
El Instituto Jane Goodall ( www.janegoodall.org ) continúa con la cruzada, manteniendo al día la investigación sobre los chimpancés de Gombe, cuidando a los que han quedado huérfanos por culpa de los furtivos y realizando un seguimiento de los que están en cautividad. Hace un siglo había dos millones de chimpancés en libertad; hoy, entre 150.000 y 200.000 repartidos en una veintena de países africanos, y unos 5.000 «prisioneros» en zoos, laboratorios y circos ambulantes. Los salvajes viven en pequeños retales de bosque, aislados, con peligro de pérdida de diversidad genética. Náufragos en islas asediadas por empresas madereras y por cazadores sin escrúpulos. «Para mí, es un auténtico genocidio», dice Goodall.
La extraordinaria vida interior y la inquebrantable fe de esta mujer en las virtudes del espíritu humano quedan reflejadas en «Gracias a la vida» (Mondadori), su libro de memorias, donde habla de los sentimientos «humanos» de los chimpancés, como la felicidad, la tristeza, el miedo y la desesperación; de sus habilidades (se reconocen frente al espejo, pueden aprender el lenguaje de los sordomudos, pintar...); de su capacidad para morir de pena. Pero la «hermana Homo sapiens» no olvida su propia especie, y ha lanzado en cuarenta países un ambicioso programa, «Roots & Shoots» (raíces y retoños), de apoyo a niños y jóvenes. «Las raíces logran una base sólida; los retoños, aunque parecen pequeños, son capaces de romper un muro para llegar a la luz del sol», comenta esta niña con canas recogidas en una coleta que no ha renunciado a la curiosidad, pues el aprendizaje del mundo que nos rodea no acaba nunca.(Publicado en ABC el 25-05-2003)
“Tú no tienes miedo, ¿verdad?”. La pregunta enfila por el interminable pasillo, se cuela por las puertas abiertas a ambos lados, zigzaguea por las escaleras hasta el último piso y se escapa por las ventanas hacia la noche oscura. “¿Verdad?”. Pedro Amorós, presidente de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP), mira fijamente a su interlocutor antes de exponerle una idea: “Apagamos todas las linternas, los demás nos escondemos y tú caminas lentamente hasta el final del pasillo. Tocas la pared y te vuelves. Así creamos un clima de silencio y desasosiego que favorece las apariciones”.
Una idea genial, sin duda. La otra persona asiente con la cabeza, traga saliva y mira de frente a la boca del lobo. El pasillo y las puertas. El escenario de tantas pesadillas. Empieza a caminar despacio, con cuidado para no tropezar con algún cascote o el esqueleto de un mueble, evitando mirar a los laterales; pero, tras recorrer unos metros, apura el paso. Quiere acabar con el experimento cuanto antes. Nada salvo él parece respirar en el interior del viejo hospital de tuberculosos de Aguas de Busot (Alicante), un caserón vencido por el abandono y el pillaje.
Cuando alcanza el final, gira rápidamente para volver sobre sus pasos, pero un ruido lo detiene. Proviene de la última estancia. Entonces, el conejillo de indias decide que ya ha cumplido de sobra con su papel, enciende la linterna y comienza la maniobra de evasión. Pero el ruido se repite una y otra vez, y la curiosidad empieza a ganarle el pulso a la prudencia.
Así que entra en la habitación.
Tres horas antes, Pedro Amorós rebuscaba en su laboratorio atestado de grabadoras, ordenadores, cámaras digitales y papeles una fotografía muy especial. “Aquí está. Es la mejor imagen que he obtenido hasta ahora”. La foto muestra una misteriosa luz, con forma humana, frente a la fachada de una casa encantada en Puerto Lumbreras (Murcia). Amorós se encoge de hombros y sonríe. “Si alguien puede darme una explicación racional a eso, estoy abierto a cualquier sugerencia”.
El presidente de la SEIP lleva 20 años dedicado a la investigación parapsicológica; en concreto, a la “transcomunicación instrumental”. Ha recopilado más de 40.000 psicofonías por medio mundo y ha contado sus experiencias más escalofriantes en el libro “Psicofonías. Voces del más allá” (M&G Difusión). “Mi obsesión es el rigor científico”, comenta. “Sé que me muevo en un terreno pantanoso, así que utilizo el escepticismo como punto de partida. Pero soy respetuoso: el que se ríe de lo que no conoce se ríe de su propia ignorancia”.Amorós es ingeniero informático, trabaja en una empresa de seguros y echa un montón de horas extra con su verdadera pasión, en parte inculcada por su padre. “Las tres “e” marcan la diferencia entre el método científico y el paracientífico: los fenómenos paranormales son esporádicos, efímeros y espontáneos. No obedecen a ningún método, ni se pueden reproducir. Yo utilizo las mejores herramientas a mi alcance para dotar de una pizca de ciencia a esta actividad. Supongo que, algún día, la tecnología del silicio nos dará todas las respuestas y gente como yo perderá la ilusión”, sonríe. Lo cierto es que no sabe con qué está contactando. “Les denominamos entidades. ¿Una definición? Son cúmulos energéticos e inteligentes, que habitan en una dimensión o espacio desconocido para nosotros y desde el cual nos ven, hablan y escuchan. Sabemos que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Los seres humanos somos materia, pero también sentimientos. Está claro el destino de la primera cuando morimos, pero, ¿adónde van los impulsos energéticos como el amor, el odio o la alegría?”.
Para grabar esas voces es preciso un magnetófono de alta calidad, y portátil. Y, por supuesto, los micrófonos (hay de varias clases, adaptables a cada aparato de registro). Algunos estudiosos ven imprescindible el uso de la Jaula de Faraday -una caja absorbente de radiaciones hertzianas que impide que se cuele una emisión de radio-, pero Amorós cree que estas jaulas pueden filtrar también la entrada de verdaderas psicofonías, por lo que su utilización no debe sobrepasar lo estrictamente necesario. Hay que buscar un ambiente silencioso y llevar un cuestionario que evite como respuestas los simples “sí” y “no”. Si hay más testigos es importante que no hablen. En el mejor de los casos es posible conseguir una “interacción psicofónica dialogante”. Pedro ha confeccionado baterías de preguntas que hablan de los entes y su mundo, de su relación con nosotros, de la vida y la muerte, de la Tierra y la naturaleza... He aquí unos ejemplos, con las respuestas obtenidas:
-¿Cuál es vuestro guía?
-Dios
-Cómo sois?
-Fuimos.
-¿Sois energía?
-Como tú.
-¿Existe la vida después de la muerte?
-¿Sobre cuál pregunta usted?
-¿Quién puede veros?
-Mírame bien.
-¿Cómo podemos teneros cerca?
-Llamando. Rézame.
-¿Dónde está vuestro mundo?
-En el epitafio.
-¿Quiénes sois?
-Lo serás.
-¿Podemos hacer algo por vosotros?
-Resta mi tiempo.
-¿Dónde estáis?
-Casa de almas.
-¿Qué religión es la más acertada?
-Todas son. Él lo sabe.
-¿Quiénes son los extraterrestres?
-Malditos navíos.
-¿Sabéis cosas?
-No es mi deber.
-¿Qué es la muerte?
-Cambio. Viaja luego.
Un rugido estremecedor inunda el laboratorio. “Esta psicofonía es una de mis favoritas. Es como la voz de una bestia. La grabé en mi habitación hace ya muchos años y dura dos minutos”, dice Amorós levantándose de su asiento. “Conozco un antiguo hospital aquí cerca, en las montañas. Dos chavales vieron allí la aparición fantasmal de una mujer que bajaba por unas escaleras. Salieron despavoridos y vinieron a contármelo. En sus caras había verdadero terror. Poco después, un equipo de documentalistas grabó una neblina luminosa en el jardín. El lugar pone los pelos de punta. ¿Vamos?”.
Casi todo el mundo tiene una historia que contar a una audiencia comprensiva y no burlona, porque el protagonista soportará la duda, pero nunca la risa. Algo que vio -una luz fría, una forma imprecisa o, directamente, un pariente reconocible-, aunque fuera con el rabillo del ojo y durante una décima de segundo; algo que escuchó -una súplica, una advertencia, un susurro ininteligible-, cuando en la habitación no había nadie más que él. O algo que le contó un amigo que le contó su primo que le ocurrió a su hermano. Las conversaciones sobre fantasmas son tan recurrentes como las futbolísticas o las sexuales, y más ahora que el cine ha explotado el fenómeno con éxitos como “Los otros”, “El sexto sentido” o “Lo que la verdad esconde”, por citar algunos de los más recientes.
Cursos, seminarios, revistas especializadas y, naturalmente, Internet, intentan atrapar a gente ávida de emociones fuertes. En enero pasado, por ejemplo, se inauguraron en Madrid las XXV Jornadas de Parapsicología, organizadas por el padre José María Pilón, un reputado investigador de fenómenos paranormales. La programación de estas conferencias se extiende hasta marzo (información e inscripciones en el teléfono 91 576 06 07). En la Red hay noticias, reportajes, foros y relatos (del tipo “me ocurrió a mí”), todo ello salpimentado con abundante material fotográfico. Los sitios “crédulos” ganan por goleada, como akasico.com, mundomisterioso.com o archivodelcrimen.com, que tiene una sección dedicada a los asesinatos esotéricos. La web de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (www.ctv.es/USERS/seip/portal.htm) es una de las más completas. Pero también hay un hueco para los combatientes de las creencias espurias en la Página Racionalista (www.geocities.com/torosaurio/escept), donde no se deja títere -o fantasma- con cabeza. Aunque, según los expertos, muchos escépticos han cambiado de bando después del 11 de septiembre.
“Un fantasma es una persona fallecida que vuelve a nuestra realidad con un cometido concreto: ayudar, pedir auxilio o dar información. Hay un conocimiento entre él y el testigo. Por lo tanto, el fantasma está ligado a personas, no a lugares”. Sol Blanco-Soler, del grupo Hepta, quiere dejar las cosas atadas desde el principio, “pues en estos asuntos hay demasiado folclore”. Hepta es un equipo multidisciplinar, nacido a finales de los años 80 en torno a la figura del padre Pilón. Un grupo de amigos que se reúne para resolver misterios -unos 300 hasta la fecha- de forma desinteresada y con la máxima discreción. “Hay personas que llaman angustiadas: Les voy a contar algo que no se van a creer. Y nos reímos, porque a estas alturas estamos curados de espanto”. Sol se encarga de los archivos y de la coordinación del grupo. Piedad Cavero, de los aparatos (vídeo, grabadora). Hay dos físicos, Lorenzo Plaza y José Luis Ramos; un arquitecto, Jaime Alvear, y una clarividente, Paloma Navarrete. Cada uno tiene su trabajo al margen de la parapsicología. “El 95 por ciento de los casos son falsos -continúa-, inventados por gente con patologías psíquicas o problemas familiares. No se trata de fraudes malintencionados, que hay poquísimos, sino errores”.
La definición inicial tiene matices como para escribir un libro. O dos. El catálogo de seres y estares incluye las proyecciones que hace una persona en estado de crisis. Por ejemplo: un tipo a punto de ahogarse piensa en su mujer. Ésta, incluso encontrándose a miles de kilómetros de distancia, ve el fantasma de su marido (que no es un verdadero fantasma, porque aún está vivo) que se ha manifestado para “despedirse”. También están las apariciones ligadas a los lugares. No son fantasmas, sino remanentes de energía, impregnaciones que han quedado aprisionadas entre cuatro paredes, fotogramas de una vieja y gastada película. Es como ver reproducido un episodio del pasado; actos con una fuerte carga emocional (asesinatos o suicidios), pero también escenas cotidianas. Apariciones son lo que supuestamente se ven en el hospital de Busot. O en el palacio de Linares y en el Museo Reina Sofía, en Madrid.
“Los fantasmas son conscientes de que lo son -señala Sol Blanco-Soler-, aunque es interesante la tesis de “El sexto sentido”: puede que haya algunos que se encuentren en una interfase y no sepan que han muerto. Pero el fantasma puro acude desde el más allá y poco después de producirse el fallecimiento. El testigo no tiene una capacidad especial, así que todos los que estén junto a él podrán verlo. Las experiencias duran poco y, la verdad, creo que es una descortesía salir corriendo, aunque sin duda será nuestra primera reacción. Estos entes no van y vienen cuando lo desean, suelen hablar de un “permiso” y de que están muy ocupados. Les cuesta presentarse, pues deben reducir su vibración energética para entrar en nuestro campo visual. Sentimos frío con su presencia (crean una especie de burbuja gélida) porque captan la energía térmica del medio. No son agresivos ni negativos; de hecho, hay personas que no quieren que los espantemos, pues los ven como seres protectores”.
Y más: es habitual que se muestren sólo de medio cuerpo para arriba, “desenfocados”, autoiluminados (si es de noche) y tan perfectos como un ser vivo (uno se da cuenta de que es un fantasma cuando desaparece ante sus ojos). No pueden mover cosas de una forma normal, pero sí proyectar su propia energía para hacerlo. Las apariciones pierden fuerza -aunque a veces se reactivan-; pero los fantasmas, en principio, no tienen fecha de caducidad. Estarán entre nosotros mientras tengan una misión que cumplir.
“Sí, podéis llamarme bruja”. Un pueblo de la sierra madrileña. Una familia de ganaderos. Una visita imprevista: los abuelos, recientemente fallecidos. El párroco llama al padre Pilón, que acude con sus investigadores. “Al entrar en el salón vi perfectamente a un anciano sentado junto al fuego”, recuerda Paloma Navarrete. “Se lo describí a los familiares para que no hubiera dudas. Después, le pregunté al abuelo para qué había venido. Me contestó: “Para llevarme a mi hijo”. Aunque aquella gente lo silenció, nos enteramos de que el hijo tenía un cáncer y que se negaba a operarse. No hubo más explicaciones ni contactos. No sabemos si el enfermo ha muerto o los fantasmas han desaparecido”.
Paloma Navarrete ve “cosas raras” desde niña. Durante un tiempo vivió en Guatemala y un chamán le organizó sus habilidades sensitivas. Luego montó un consultorio en Madrid como complemento a su otra actividad profesional (es farmacéutica). Con la ayuda del tarot y una bola de cristal, da rienda suelta a su sexto sentido para satisfacer las preguntas de sus clientes sobre salud, dinero y amor. “A veces hay personas que no aceptan lo que les digo, porque no es lo que desean oír. Es muy embarazoso”. Paloma es, como le gusta llamarla a Pilón, la “brujita” del equipo. Alguien que está en los dos lados.
“Miedo no siento, pero sí repelús. En el Museo Reina Sofía, por ejemplo, vi una escena escalofriante al entrar en una dependencia: había varios hombres atados con argollas a la pared. Uno de ellos le dio un mordisco a otro en la cara y le arrancó media mejilla. Ese recinto fue en tiempos un hospital para pobres y dementes y muchos de los que allí fallecieron estaban enterrados en el jardín”. Navarrete también vio una aparición en el palacio de Linares, un sitio que dio mucho que hablar antes de su restauración para convertirse en la sede de la Casa de América. Era una calurosa noche de verano, pero el salón de baile parecía el Ártico. “De repente, una niña con tirabuzones se nos cruzó a toda pastilla. Nos fijamos que en los frescos del techo había un retrato de esa misma pequeña”.
Uno de los casos más espectaculares resueltos por el grupo Hepta también tiene a una niña como protagonista: el fantasma de las coletas. En una casa de El Pardo (Madrid) había una “presencia” que, entre otras actividades, movía una mecedora. Paloma Navarrete la captó en su bola de cristal. “La bola es un soporte de videncia, un elemento que me ayuda a concentrarme. Requiere un gran esfuerzo. No veo imágenes en ella, sino en una especie de pantalla mental. Así descubrí al fantasma de las coletas, una chiquilla de 14 años llamada Inés. No había vivido allí, pero sí en el vecindario. En la frente tenía una herida. La dueña de la casa investigó el asunto, encontró las partidas de defunción de Inés y comprobó que los datos que le había facilitado encajaban. Más tarde se entrevistó con un hermano de la niña. Le dijo que había muerto a causa de una picadura de abeja en la frente”.
El padre José María Pilón acude a la cita con su inseparable péndulo. “Supongo que querrán fotografiarme con él”. Miembro de la Compañía de Jesús, filósofo y teólogo, Pilón es un clásico. Algunas de las investigaciones sobre fenómenos paranormales en nuestro país están grapadas a su nombre. Empezó hace más de 50 años con la radiestesia, el arte de localizar -con la ayuda de una varilla horquillada o un péndulo- todo aquello que existe, pero cuya ubicación se desconoce. La radiestesia física se hace sobre el terreno (por ejemplo, en la búsqueda de agua subterránea), y la telerradiestesia o prospección a distancia, sobre un plano, mapa o fotografía aérea. Esta variedad es la que practica el padre Pilón, que ha sido capaz de encontrar a personas desaparecidas aun estando a miles de kilómetros de distancia. “Necesito una fotografía y toda la información posible del individuo. El esfuerzo de concentración es agotador, así que descanso cada diez minutos”. El péndulo es un elemento conductor de esa sensibilidad especial para captar radiaciones. El jesuita llegó a localizar a Antonio Oriol y al general Villaescusa, secuestrados por los Grapo en 1976, y a un miembro de su orden asesinado en Japón.
Pilón tiene sus propias teorías sobre casos tan célebres como el de las caras de Bélmez (en su opinión, la dueña de la casa situada en la localidad jienense provoca de modo inconsciente la aparición de rostros en suelos y paredes) y el del palacio de Linares, que entra en la categoría de las “casas que matan”. “Me baso en los estudios del médico y radiestesista alemán Ernst Hartmann sobre las radiaciones terrestres como causa de enfermedades. Las alteraciones del subsuelo perturban el equilibrio electromagnético de la atmósfera, lo que influye negativamente en el ser humano: puede provocarle cáncer o esterilidad, por ejemplo. ¡Cuántos niños han nacido gracias a mi intervención! Que nadie me malinterprete -sonríe-, yo sólo sugerí a sus padres que cambiaran de sitio en la cama”. Así, los misteriosos sucesos del palacio de Linares -voces de ultratumba y nebulosas espectrales que fueron carnaza para el público hace 10 años- tienen su explicación, según Pilón, en la confluencia de aguas subterráneas -en concreto de los arroyos del Abroñigal y de la Castellana- en la plaza de Cibeles.
Pero, ¿cómo explica una persona profundamente religiosa el asunto de los fantasmas? “La muerte no existe; se produce la defunción de la parte puramente física, pero el ser humano tienen “cuerpos energéticos” que no desaparecen, un don entregado por Dios, que es la energía primigenia. El espíritu subsiste en un nivel diferente. Los fantasmas son “reales”. No son perceptibles ni tangibles, pero hay personas con clarividencia que pueden verlos y otras, sin una habilidad especial, que han tenido experiencias que, por sonar increíbles, no tienen por qué ser falsas”.
“Hija, soy tu madre”. “Mira quién lo ha dicho”. Escuchar, rebobinar. Escuchar, rebobinar. El parapsicólogo José Castro mueve los dedos a velocidad de vértigo. Parece en trance: oye un perro ladrando a varias manzanas de allí, el viento golpeando en la ventana, un roce, un susurro... ¿una voz? Hace un rato que ha llegado a la casa de San Martín de Valdeiglesias (Madrid) donde se sospecha que hay un fantasma. Ha montado su equipo -los micrófonos, la grabadora, la cámara de vídeo- y ha “cazado” algo. La dueña de la casa cree reconocer la voz de su madre fallecida, pero no la otra, que suena mucho más clara (“Mira quién te lo ha dicho”). Su hija, L. M., de 16 años, permanece en silencio.
Eran las cinco de la mañana. L. M. se despertó al sentir mucho frío y se quedó petrificada ante el extraño fenómeno. La luz estuvo flotando en el aire durante unos segundos. La segunda “visita” fue más espectacular. La chica estaba en la cama, despierta, cambió de postura y vio la cabeza de su abuela apoyada en la almohada. “Llevaba el mismo peinado que cuando era joven”, comenta. “Lo supe tras mirar unas fotos antiguas. Al principio tuve miedo, pero ya se me ha pasado. Es mi abuela, me quería mucho, prácticamente me crió. Sé que no va a hacerme ningún daño”. José Castro le aconseja que no se obsesione, “o acabarás viendo u oyendo cosas fruto de tu imaginación”, pero L. M. suele hablar con una amiga de voces que la llaman en la oscuridad, de objetos que se mueven... Su madre ha consultado a una vidente. Le ha dicho que la chica está más cansada que de costumbre y camina encorvada porque lleva el fantasma de su abuela a cuestas. Y que la otra voz, la que se escucha más nítida, es de su bisabuela. Las dos están juntas, y no acaban de irse.
“Pueblo viejo de Belchite, ya no te rondan zagales, ya no se oirán las jotas que cantaban nuestros padres”. La pintada en la desvencijada puerta le da un toque melancólico a la iglesia de San Martín, una hermosa ruina que se mantiene milagrosamente en pie, como una trasnochada estrella de cine que se alimenta de recuerdos. Belchite duele al mirarlo. La guerra civil, el progresivo abandono de los vecinos y el saqueo inmisericorde acabó con las hermosas fachadas de la calle Mayor, con las bóvedas de la iglesias, con las torres mudéjares de los conventos. La de San Agustín aún tiene incrustado un obús sin explotar. Algunos lugareños creen que cuando lo haga se despertarán de golpe todos los espíritus.
“Los frentes de guerra son lugares propicios para las apariciones y las psicofonías”, explica Ángel Briongos, coordinador en Zaragoza de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas. “Y Belchite es una mina. Hemos captado lamentos de niños, voces (“mátala”, “pueblo español”, “treinta y seis” -el año en que empezó la guerra-, “San Martín”) y, lo que es más extraordinario, el zumbido de aviones arrojando bombas. Aquí murieron 3.000 personas en 15 días. El horror que sintieron esas víctimas en el momento del fin ha impregnado el ambiente. Hay algo que provoca que podamos recoger esos terribles sonidos del pasado”.
La última habitación del pasillo exhala un aliento gélido. La atmósfera en el hospital abandonado de Aguas de Busot empieza a hacerse claustrofóbica. Cuando la persona entra con la linterna, el ruido que escuchó unos segundos antes se repite a espasmos. Parece como si alguien agitara un papel. O el aleteo de un ave. El recién llegado carraspea para acabar de delatarse y una forma diminuta se levanta del suelo y se posa en la ventana más próxima. Un petirrojo mira a la luz como si estuviera hipnotizado. De repente, alguien más se incorpora a la escena. “Has resistido el experimento”, dice Pedro Amorós. El presidente de la SEIP oye al pajarillo moverse en la ventana y lo alumbra con su linterna. “Vaya, esto fue lo que te asustó. Creíste que había algo misterioso”. Su rostro no denota diversión alguna. “Puede que estemos rodeados de fantasmas, y no los veamos. O puede que no”. El petirrojo mira por última vez hacia el interior desde el alféizar, y desaparece.
Allí hace un frío espantoso.
(Publicado en ByN Dominical el 3-2-2002)